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07/09/2026Niños que no les gusta leer: cómo crear el hábito
“Es que no le gusta leer”.
Es una frase que muchas familias han pronunciado alguna vez.
Hay niños que devoran libros y siempre están buscando una nueva historia. Otros, en cambio, parecen perder el interés en cuanto ven varias páginas llenas de palabras.
Pero quizá la pregunta no debería ser únicamente “¿Por qué no le gusta leer?”, sino también:
“¿Ha encontrado ya algo que realmente le guste leer?”
Crear un hábito lector no significa obligar a un niño a terminar determinados libros ni establecer una cantidad de páginas que debe completar cada día. Se trata de conseguir que la lectura encuentre poco a poco un lugar agradable en su vida.
Y para ello podemos empezar con algunos pequeños cambios.
1. Empieza por sus intereses, no por el libro que debería leer
Imaginemos que a un niño le fascinan los dinosaurios.
Quizá todavía no quiera leer una novela, pero podría pasar mucho tiempo mirando un libro ilustrado sobre tiranosaurios, descubriendo curiosidades o intentando averiguar cuál fue el dinosaurio más grande.
Otro niño puede sentir fascinación por el fútbol.
Otro por el espacio.
Por los animales.
Los videojuegos.
Los experimentos.
Los misterios.
Los coches.
La magia.
O las historias de humor.
El interés puede ser la puerta de entrada a la lectura.
Por eso, antes de buscar “un buen libro”, puede resultar más útil preguntarnos:
¿Qué tema hace que este niño quiera saber más?
A partir de ahí será mucho más fácil encontrar algo que despierte su curiosidad.
2. Déjale elegir
Los adultos elegimos constantemente qué queremos leer.
Entramos en una librería, observamos las portadas, leemos las contraportadas y descartamos aquello que no nos interesa.
Los niños también necesitan esa posibilidad.
Podemos visitar juntos una biblioteca o una librería y permitirles explorar.
Quizá el libro que elijan no sea el que nosotros habríamos escogido.
No pasa nada.
Elegir proporciona cierta sensación de autonomía y convierte al niño en participante de la decisión.
Incluso podemos seleccionar tres o cuatro opciones adecuadas para su edad y dejar que tome la decisión final.
“¿Cuál te apetece leer?”
es muy diferente de:
“Este es el libro que tienes que leer”.
3. No todo tiene que ser una novela
Leer es leer.
Un cómic también cuenta.
Una revista infantil también.
Un libro de curiosidades.
Una colección de chistes.
Un álbum ilustrado.
Una receta.
Las instrucciones de un juego.
Un libro sobre animales.
Una adivinanza.
Un pequeño cuento.
Incluso determinados juegos pueden exigir leer pistas, interpretar instrucciones o resolver enigmas.
Si nuestro objetivo inicial es despertar el interés por la lectura, limitarla exclusivamente a determinados tipos de libros puede ser contraproducente.
Un cómic puede convertirse en la puerta hacia una novela gráfica.
Una novela gráfica puede llevar a una saga.
Y una saga puede conseguir que un niño que decía que no le gustaba leer empiece a preguntar:
“¿Hay otro libro después de este?”
4. Empieza con poco tiempo
Crear un hábito no requiere comenzar leyendo una hora diaria.
De hecho, hacerlo puede provocar justo el efecto contrario.
Podemos comenzar con diez minutos.
Un pequeño momento después de merendar.
Un cuento antes de dormir.
Un rato de lectura durante el fin de semana.
Si la historia resulta interesante y el niño quiere continuar, estupendo.
Si no, podemos dejarlo ahí y volver otro día.
La clave está en la regularidad.
Diez minutos agradables repetidos con frecuencia pueden resultar mucho más efectivos que una hora de lectura obligatoria.
5. Crea un momento agradable para leer
El lugar también importa.
No necesitamos construir una biblioteca infantil perfecta.
Puede bastar con un rincón cómodo, un cojín, una manta y algunos libros al alcance de la mano.
También podemos crear pequeñas rutinas:
Después de la merienda → diez minutos de lectura.
Antes de dormir → un cuento.
Domingo por la mañana → lectura en familia.
Cuando una actividad aparece de manera natural dentro de la rutina cotidiana, resulta más fácil mantenerla.
La lectura empieza a convertirse en algo esperado y familiar.
6. Lee con ellos, aunque ya sepan leer solos
Aprender a leer de forma autónoma no significa que debamos dejar de compartir historias.
Podemos turnarnos.
Una página el adulto.
Otra página el niño.
También podemos interpretar personajes utilizando diferentes voces.
O detenernos de vez en cuando para comentar algo divertido:
“¡Yo no habría entrado ahí!”
“Creo que este personaje está escondiendo algo…”
“¿Tú qué harías?”
La lectura compartida elimina parte de la presión y convierte el libro en una experiencia común.
Además, permite que los niños accedan a historias algo más complejas de las que quizá podrían leer cómodamente por sí mismos.
7. No conviertas cada lectura en un examen
Terminamos un cuento y llega el interrogatorio:
¿Quién era el protagonista?
¿Dónde vivía?
¿Qué ocurrió primero?
¿Qué significa esta palabra?
¿Cuál es la enseñanza?
Las preguntas pueden ser fantásticas para trabajar la comprensión lectora, pero si aparecen sistemáticamente después de cada lectura, el niño puede empezar a sentir que cada libro termina en un examen.
A veces basta con preguntar:
“¿Te ha gustado?”
O comentar:
“Mi parte favorita ha sido cuando…”
Y esperar.
Es posible que el niño termine hablando espontáneamente de la historia.
La comprensión también se trabaja conversando.
8. Permite abandonar algún libro
Los adultos lo hacemos.
Comenzamos una novela y después de cincuenta páginas descubrimos que no nos interesa.
¿Por qué un niño debería estar obligado a terminar absolutamente todo lo que empieza?
Naturalmente, debemos ayudarle a desarrollar constancia y evitar que abandone cualquier lectura ante la primera dificultad.
Pero también podemos enseñarle algo importante:
No todos los libros tienen que gustarnos.
Si después de darle una oportunidad razonable una historia no despierta ningún interés, quizá sea mejor buscar otra.
El objetivo es encontrar libros que generen ganas de seguir leyendo, no acumular páginas terminadas.
9. Convierte la lectura en juego
Un libro puede continuar fuera de sus páginas.
Después de leer podemos:
dibujar al personaje favorito,
inventar otro final,
crear una portada diferente,
representar una escena,
buscar palabras misteriosas,
construir uno de los escenarios,
inventar preguntas,
crear un mapa de la aventura,
o esconder pistas relacionadas con la historia.
Incluso podemos preparar pequeñas misiones:
“Encuentra tres palabras que nunca hayas utilizado”.
“Descubre una pista que indique cómo se siente el protagonista”.
“Inventa qué podría ocurrir mañana”.
Así, leer deja de ser solamente descifrar palabras.
Se convierte en imaginar, descubrir, crear y jugar.
10. Que los adultos también lean
Hay una escena muy poderosa que no necesita ninguna explicación:
un niño viendo a un adulto disfrutar de un libro.
Si decimos que leer es maravilloso, pero los niños nunca nos ven leyendo, nuestro mensaje pierde parte de su fuerza.
No es necesario que todos estemos leyendo literatura infantil.
Podemos leer una novela, una revista, un cómic o cualquier otro texto.
Incluso podemos crear pequeños momentos de lectura familiar en los que cada persona lea algo diferente.
No estamos diciendo:
“Tú tienes que leer”.
Estamos transmitiendo:
“En casa, leer es algo que hacemos y disfrutamos”.
¿Y si sigue diciendo que no le gusta leer?
No pasa nada por seguir buscando.
Quizá todavía no haya encontrado su historia.
Podemos probar con libros más cortos, más ilustrados, más divertidos o relacionados con sus intereses. Podemos cambiar el momento del día, compartir la lectura o visitar juntos una biblioteca.
Y, sobre todo, conviene evitar convertir la lectura en una lucha constante.
Porque si cada encuentro con un libro termina en una discusión, será difícil que ese libro se asocie con algo agradable.
El objetivo no es leer más, sino querer volver
Podemos contar páginas.
Podemos contar libros.
Podemos contar minutos.
Pero existe otra medida mucho más interesante:
las ganas de continuar.
Ese momento en el que un niño pide leer otro capítulo.
Cuando quiere saber qué sucede después.
Cuando vuelve a buscar voluntariamente el libro que dejó sobre la mesa.
O cuando termina una historia y pregunta si existe otra parecida.
Crear un hábito lector requiere tiempo. Cada niño encuentra su propio camino hacia los libros.
Nuestra tarea puede ser simplemente poner historias a su alcance, ofrecer oportunidades, acompañar y dejar espacio para elegir.
Porque quizá un niño que dice “no me gusta leer” todavía no ha encontrado ese libro que le haga decir:
“Solo una página más”.
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